EL POR QUÉ DE LOS PUEBLOS BLANCOS

EL POR QUÉ DE LOS PUEBLOS BLANCOS

Un arriero vocifera a pleno pulmón: “¡A la blanca cá!” Grita por las calles del pueblo con un borrico con los serones cargados de piedras de cal viva resplandeciente: “¡La mejor, la más blanca!”

Es la mujer la que encala, pertrechada con faldas, mandiles y delantales viejos, y ayudada de brochas y pinceles. Compra la cal a los arrieros que visitan los pueblos. En un barreño la apaga con agua, en un proceso químico que incluso lleva a elevar la temperatura del líquido. De esta forma, las fachadas e interiores recuperan el esplendor perdido en un año, borrado por la lluvia y las conchas que se desprenden. 

Lo cierto, es que el uso de la cal en la construcción se remonta a época romana. Pero especialmente se usaba en la época musulmana o en el barroco, pero teñida de colores. Sin embargo, se consideraba un producto caro que se reservaba para interiores y zócalos.

Tendría que llegar el XIX y sus ideas de desinfección para calar en la sociedad gaditana. Los pueblos pintan de blanco sus exteriores y la cal vive su mayor auge en la provincia de Cádiz.

La cal se inculca en los ritos sociales hasta tal punto que se asocia también a la idea de renovación; así por ejemplo, tras la muerte, la habitación del fallecido, se encalaba, en la fiesta de los Difuntos, en noviembre, se pintaban nichos y tumbas.

Como motivo aparente, el cambio; y como origen, la necesidad de higiene y de poner fin a las infecciones. Lo cierto es que esas mujeres, no estaban en un error. La cal favorece la higiene, deja transpirar a los muros y consume el dióxido de carbono del ambiente, es inodora y no tiene agentes tóxicos. Incluso antiguamente, las embarazadas llegaban a comer caliches cuando sentían la falta de calcio.

En todo este auge, los viajeros románticos inician sus periplos por la provincia y descubren bellos pueblos como Arcos de la Frontera, Zahara de la Sierra, Ubrique o El Bosque, todos ellos cubiertos de blanco, y comienzan a hablar de los Pueblos Blancos.

Más de medio siglo después, el Gobierno de la época, asienta el mito con una ruta turística, hoy la más antigua de España. 

Actualmente, comercializan de nuevo el producto con todos estos beneficios. Su abnegado esfuerzo por mantener la tradición viva en los pueblos, los ha llevado a ser nombrados Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Un reconocimiento que bien se podría extender a todos los caleros que se dejaban la vida en la producción, a los arrieros que la distribuían y a aquellas mujeres que con esfuerzo y mimo blanqueaban el blanco con cal y cariño.

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